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Actitudes que transforman: Paciencia

Este artículo es el inicio de una nueva serie titulada “12 actitudes que transforman desde la fe cristiana”, publicada en la categoría Fe cristiana.
A lo largo de los próximos meses iremos recorriendo una a una estas actitudes que, iluminadas por el Evangelio, pueden ayudarnos a crecer interiormente y a vivir más enraizados en Cristo.

La paciencia no es pasividad

Hoy comenzamos con la paciencia. Muchas veces la entendemos como la simple capacidad de soportar, de aguantar lo que no nos gusta. Pero, desde la fe, la paciencia no es resignación, sino confianza activa: creer que el tiempo de Dios es distinto del nuestro y que sus caminos son siempre mejores. Jesús nos lo recuerda con fuerza: “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas” (Lc 21,19).

La paciencia es un modo de mirar la vida con esperanza. Nos invita a aceptar que los procesos tienen su ritmo, que las semillas necesitan tiempo para germinar y que no siempre veremos resultados inmediatos. Jesús vivió así: supo esperar a la samaritana junto al pozo (Jn 4) y caminó sin prisas con los discípulos de Emaús hasta que reconocieron su presencia (Lc 24). Él mismo es la paciencia de Dios hecha carne, que acompaña nuestra historia personal paso a paso.

También necesitamos paciencia con nosotros mismos. Nos exigimos cambios rápidos, resultados inmediatos, pero Dios actúa en nosotros de un modo suave y constante. San Pablo lo expresa con certeza: “El que comenzó en vosotros la buena obra la llevará a término hasta el día de Cristo Jesús” (Flp 1,6). La paciencia es confiar en esa obra silenciosa que Dios realiza en lo profundo, aunque todavía no la percibamos.

Cultivar la paciencia en la vida cotidiana

Con los demás la paciencia se convierte en una forma concreta de amar. La caridad, dice san Pablo, “todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13,7). Ser pacientes significa dar tiempo, no imponer ni forzar, reconocer que cada persona tiene su camino y que Dios obra también en ella. La paciencia no es indiferencia: es una manera de acompañar con respeto y con ternura.

Incluso la oración reclama paciencia. Hay tiempos de silencio, de aridez, de espera. Y, sin embargo, la fe nos invita a permanecer: Dios está, aunque no lo sintamos. La paciencia se convierte entonces en una oración en sí misma: estar delante de Dios sin exigir, confiando en su presencia.

Podemos ejercitar esta actitud de manera sencilla en la vida cotidiana. Cuando algo se retrase o no salga como esperabas, haz una pausa, respira y repite en tu interior: “Señor, confío en tu tiempo”. Practícalo también en la oración: permanece unos minutos en silencio, sin esperar nada más que estar en Él. Y con los demás, recuerda antes de reaccionar con impaciencia que Cristo tiene contigo una paciencia infinita.

Que la paciencia nos ayude a caminar con más sencillez y confianza en Dios.

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