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Exigencia y perfeccionismo: por qué no nos dejan amar más

Muchas personas que desean crecer por dentro se encuentran con lo mismo: cuanto más quieren hacerlo bien, más presión sienten. Quieren amar más, vivir con más coherencia, acercarse a Dios… y, sin darse cuenta, entran en una dinámica de exigencia que termina generando angustia.

Conviene distinguir dos cosas que suelen confundirse: la exigencia y el perfeccionismo.

La exigencia es una fuerza que empuja. Aparece en forma de “tengo que”, “debería”, “no puedo fallar”. No es mala en sí misma. Puede ayudarte a comprometerte, a cuidar lo que haces, a no quedarte en la pasividad. El problema empieza cuando se vuelve constante, rígida y dura. Entonces ya no impulsa, sino que aprieta.

Cuando la exigencia ocupa el lugar del amor

El perfeccionismo va más allá. No solo empuja, sino que fija una condición: nada es suficiente si no es perfecto. Aquí ya no se trata de hacer bien las cosas, sino de no tolerar el error. La persona no solo evalúa lo que hace, sino que se evalúa a sí misma en función del resultado. Si no llega, siente que no vale.

Aprender a vivir y amar sin perfeccionismo

Por eso, la diferencia es importante. La exigencia dice: “hazlo mejor”. El perfeccionismo dice: “si no es perfecto, no vale”. Y ahí es donde aparece el cansancio, la frustración y, muchas veces, la angustia.

En el camino espiritual esto se vuelve especialmente delicado. El deseo de amar más, de vivir la fe con más verdad, es algo bueno. Pero cuando se mezcla con exigencia y perfeccionismo, se deforma. La persona deja de mirar a Dios y empieza a mirarse continuamente a sí misma: si lo hace bien, si llega, si siente lo que debería sentir.

Sin darse cuenta, el centro cambia.

Sin embargo, el punto de partida de la fe no es la perfección, sino la relación. Jesucristo no espera que la persona llegue bien para acogerla. La acoge tal como está, también en su límite, en su cansancio y en su confusión.

Por eso, el paso importante no es exigirse más, sino aflojar lo que sobra.

Aflojar no significa dejar de crecer, sino cambiar la manera de hacerlo. Significa pasar de la presión a la verdad. De preguntarse constantemente “¿lo estoy haciendo perfecto?” a poder decir “esto es lo que hay ahora en mí”.

Desde ahí, el amor empieza a ser posible. No como un ideal que hay que alcanzar, sino como algo que se va abriendo poco a poco.

A veces el cambio más real no es hacer más, sino dejar de tratarse mal por dentro.

Y desde ese lugar, incluso un gesto pequeño —una palabra, una atención, un momento de presencia— tiene más verdad que muchos intentos forzados de hacerlo todo perfecto.


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