El Viernes Santo invita a detenerse de una manera distinta. No es solo un día para recordar un hecho del pasado, es un momento para ponerse delante de la cruz y mirar sin prisa. Mirar a Jesús en silencio, dejar que su forma de vivir y de morir nos toque por dentro.
En la cruz todo parece perdido. Los discípulos se dispersan, el dolor es evidente, la esperanza se oscurece. Y sin embargo, ahí, en medio de ese final que desconcierta, se revela una manera de amar que no se rompe. Jesús permanece fiel hasta el final, incluso cuando todo se vuelve difícil, incluso cuando no hay consuelo visible. No responde con fuerza ni con palabras que expliquen lo que pasa.
Quedarse ante la cruz
Este día tiene algo muy verdadero porque es la vida. misma Hay momentos en los que una no entiende, en los que el camino pesa y las respuestas no llegan. Hay días en los que todo se vuelve más lento y más oscuro, y cuesta seguir adelante. Viernes Santo permite quedarnos ahí un momento, sin huir, sin querer resolverlo todo.
A veces una quiere pasar rápido este día, pero hoy la invitación es otra. Es quedarse, aunque cueste. Es mirar de frente lo que duele sin apartar la mirada. Es aceptar que hay momentos en los que la fe no se siente y, aun así, seguir.
La cruz no explica, pero muestra. Muestra una entrega que no depende de que las cosas salgan bien. Muestra una confianza que sigue presente en medio de la oscuridad. Muestra que el amor puede permanecer incluso cuando todo parece acabado.
Quizá hoy basta con eso. Estar un rato en silencio, mirar la cruz, y dejar que algo vaya cambiando por dentro, poco a poco sin buscar explicaciones. Solo permanecer ahí.
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