Entre la emoción y el silencio
El fin de semana pasado asistí a la misa final de un retiro de Emaús, invitada como familiar de uno de los participantes. No formé parte del retiro, pero quise acompañar ese momento de cierre tan especial para quienes lo habían vivido. Desde el primer canto se respiraba una emoción intensa: abrazos, lágrimas, sonrisas, gratitud. Un ambiente de fuego compartido, como si todos quisieran decir al mismo tiempo lo que Dios había hecho en ellos.
Me conmovía la sinceridad de esas expresiones, pero también me sentía un poco fuera de lugar o al menos en otro ritmo. Mientras los asistentes cantaban con entusiasmo yo permanecía en silencio. No era distancia , era simplemente otro modo de estar. Me descubrí rezando en silencio, agradeciendo también, pero desde una quietud, sin necesidad de tanta emoción.
Tal vez porque en mi camino espiritual el silencio se ha vuelto casa. He aprendido que no necesito grandes gestos para sentirme cerca de Dios; basta con estar presente, escuchar, dejarme habitar. El silencio no es ausencia de fe, sino su madurez. Es el lugar donde el fuego no se apaga, donde la emoción se transforma en luz tranquila.
En medio de aquella celebración tan viva, pensaba en cómo la experiencia de Dios adopta lenguajes distintos. Hay quienes lo encuentran en la emoción compartida, en el canto, en el abrazo; y hay quienes lo reconocen en la desnudez del silencio. Ambos caminos estan en la iglesia.
Me preguntaba también cuánto de lo que allí se vivía se mantendría al día siguiente, cuando cada uno regresara a su rutina. Porque la emoción, por intensa que sea, tiene fecha de caducidad. Lo que permanece es lo que se ha convertido en decisión de seguir caminando con Él, aunque ya no haya música ni aplausos.
El Evangelio de Emaús termina precisamente en ese punto: después del ardor del encuentro, los discípulos regresan a Jerusalén. No se quedan en la emoción, sino que vuelven al camino, transformados. La fe verdadera se prueba cuando la experiencia se vuelve vida cotidiana.
Por eso, al salir de la misa, pensé que quizá mi incomodidad era una invitación a reconciliar el fuego y la calma, la palabra y el silencio. A no contraponer los lenguajes del Espíritu, sino a reconocer su diversidad.
Cada uno camina como puede. Algunos necesitan cantar para creer; otros necesitan callar para escuchar. Lo esencial es que ambos caminos conduzcan al mismo lugar: a reconocer, como los discípulos de Emaús, que Cristo sigue vivo y camina a nuestro lado, incluso cuando no lo sentimos.
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