Del desencanto al deseo de dar sin esperar
Vivimos en un tiempo en el que es muy fácil conectarse, pero no tanto mantenerse presente. Las redes sociales, los mensajes inmediatos, las actividades gratuitas… todo parece al alcance de un clic. Pero detrás de esta ligereza suele haber otra cosa: la pérdida de compromiso. Nos apuntamos a un curso y luego no vamos; confirmamos un encuentro y, en el último momento, desaparecemos. No hay mala intención, solo cansancio, dispersión y un cierto olvido del valor de la palabra dada.
Cuando la falta de compromiso nos duele
Hace poco ofrecí un curso gratuito por Zoom dentro de la Comunidad Mundial de Meditación Cristiana. Se inscribieron treinta personas y más de diez, en la primera sesión, ni se conectaron ni avisaron. Envié un correo después para saber si querían continuar o darse de baja, y solo dos respondieron. Sentí mucha tristeza. No tanto por el esfuerzo que supone preparar y ofrecer generosamente un curso de veintiuna sesiones completo y profundo, sino porque no entendía qué había pasado. Más allá de la puntualidad o de la educación, hay una cuestión más profunda: ¿qué hacemos con los vínculos? ¿Qué significa para nosotros responder con coherencia? ¿Qué valor damos a lo gratuito?
El compromiso no es una carga; es una forma de amor. Cuando decimos “sí” a alguien o a algo, ponemos en ello parte de nuestro tiempo y de nuestra alma. Cumplir, incluso en lo pequeño, es una manera de cuidar la relación. Sin ese hilo invisible de fidelidad, la confianza se deshilacha y todo queda en la superficie.
Con el paso de los días he visto que, más allá de lo que hagan los demás, esta experiencia es también un aprendizaje para mí. Después de compartir mi decepción con un amigo sacerdote, él me ayudó a ver una distinción que no había considerado: la diferencia entre el deseo y las expectativas.
Aprender de lo que esta experiencia revela
El deseo es abierto, respira; expresa lo que quisiéramos, pero deja espacio al misterio. Es como sembrar una semilla y confiar en que crecerá a su tiempo.
La expectativa, en cambio, es más estrecha: quiere controlar la forma, el ritmo y el resultado. Cuando deseo, me abro a la gracia; cuando espero con exigencia, me cierro a la sorpresa.
Quizá lo que necesito no es esperar tanto, sino desear mejor: dejar que lo que doy sea don, sin exigir fruto inmediato.
Como cristianos, hemos de aprender a sembrar sin esperar la cosecha. El fruto no depende de nosotros, sino de Dios.
Si conoces a alguien a quien le cueste aceptar la falta de compromiso de los demás, quizá esta reflexión pueda ayudarle. Compártela con esa persona.







Cuanta verdad en tus palabras Mireia, cuando esperamos y no deseamos. Me quedo con esto para mí.
Verdaderamente a lo gratis esta sociedad no está educada.
Gracias por tu compromiso
Para mí está siendo un regalo maravilloso