Vivimos rodeados de mensajes que nos invitan a mejorar: gestionar mejor las emociones, ser más conscientes, tener relaciones más sanas, cuidarnos más, aprender a poner límites, meditar, crecer espiritualmente… Muchas de estas propuestas son valiosas. El problema aparece cuando el crecimiento interior se convierte en una tarea interminable. Siempre hay algo que corregir, algo que trabajar, algo que superar. Y podemos acabar viviendo con la sensación de que tal como somos ahora todavía no estamos bien.
Esto se cuela también en situaciones muy cotidianas. Te enfadas y enseguida piensas que deberías saber gestionar mejor tus emociones. Te cuesta poner un límite y concluyes que todavía tienes mucho que trabajar. Estás cansado y, en lugar de descansar, te preguntas por qué no sabes cuidarte mejor. Incluso después de años de terapia, cursos, lecturas o meditación puedes seguir mirando dentro de ti buscando qué falta por arreglar. El crecimiento interior, que tendría que ayudarnos a vivir con más libertad, puede convertirse así en una nueva forma de autoexigencia.
Pero crecer no significa estar constantemente corrigiéndonos. Hay cosas que necesitamos transformar, por supuesto. También hay heridas que necesitan tiempo, comportamientos que conviene revisar y maneras de vivir que pueden cambiar. Aceptar quién soy no significa resignarme. Significa dejar de considerar mi realidad actual como un problema que tengo que resolver antes de poder vivir plenamente. A veces el verdadero crecimiento no consiste en añadir una nueva herramienta, sino en dejar de estar permanentemente pendiente de uno mismo.
Desde la fe cristiana esta cuestión todavía va más lejos. Dios no espera una versión mejorada de nosotros para acercarse. Jesús se encuentra con personas concretas, con sus contradicciones, sus límites, sus miedos y sus deseos, y comienza la relación desde ahí. La transformación cristiana no nace del rechazo de lo que somos, sino del encuentro con un amor que nos permite crecer. Quizá por eso necesitamos revisar una idea muy instalada: pensar que cuanto más nos esforcemos por mejorar, más cerca estaremos de Dios. A veces sucede justo lo contrario. Estamos tan ocupados intentando avanzar espiritualmente que dejamos de recibir.
En este sentido, puede ayudarte también el artículo Vivir la fe con más misericordia hacia uno mismo, donde profundizo en una manera de crecer espiritualmente sin convertir la fe en otra fuente de exigencia.
Puede que hoy no necesites analizarte más ni empezar otro proceso de cambio. Quizá necesites reconocer todo lo que ya has recorrido, mirar con más misericordia lo que todavía no está resuelto y permitirte vivir sin convertirte continuamente en un proyecto pendiente. El crecimiento interior sigue siendo importante, pero cambia mucho cuando ya no nace de la pregunta «¿qué tengo que arreglar de mí?», sino de otra mucho más libre: «¿cómo puedo vivir con más verdad desde quien soy hoy?»
Algo parecido ocurre con el perfeccionismo. En Exigencia y perfeccionismo: por qué no nos dejan amar más hablo de cómo el deseo de hacer las cosas bien puede terminar alejándonos de una relación más libre con nosotros mismos, con los demás y con Dios.
Para detenerte un momento
Pregúntate con sencillez: ¿hay algún aspecto de mí que llevo demasiado tiempo intentando corregir? ¿Qué ocurriría si, además de querer transformarlo, empezara también a acogerlo?
No se trata de dejar de crecer. Se trata de no posponer la vida hasta convertirnos en la persona que creemos que deberíamos ser.
Llamada a la acción
¿Te ocurre que cuanto más trabajas en ti, más cosas encuentras que deberías cambiar? Me gustaría leerte. Puedes compartir tu experiencia en los comentarios o escribirme a través de la web.





