La meditación cristiana no consiste en dejar la mente en blanco, sino en abrir el corazón a Dios tal como estamos hoy. Y ahí entra una actitud fundamental: la aceptación. Aceptar el momento presente, aceptar cómo llegamos a la oración —cansadas, distraídas, doloridas— y aceptar que es Dios quien actúa, no nosotras. Hoy quiero contarte cómo esta actitud puede transformar tu manera de meditar.
Aceptación: el punto de partida de la meditación cristiana
Muchas veces nos sentamos a meditar con expectativas: queremos sentir paz, queremos que no vengan distracciones, queremos “hacerlo bien”. Y cuando no sale así, nos frustramos y abandonamos. La aceptación nos enseña otra cosa: vengo como estoy, y así me recibe Dios. El salmo lo dice de forma preciosa: “Estad quietos y sabed que yo soy Dios” (Salmo 46,10). Quietos no significa perfectos: significa presentes. San Francisco de Sales aconsejaba: “Ten paciencia con todas las cosas, pero sobre todo contigo misma”. Esa paciencia con una misma es la aceptación hecha oración.
Cómo practicar la aceptación al meditar
Te propongo tres gestos sencillos para tu próximo rato de meditación:
1. Acepta tu punto de partida. Antes de empezar, di interiormente: “Señor, hoy vengo así: cansada, inquieta, agradecida…”. Nombrar lo que hay, sin juzgarlo, ya es entrar en la presencia de Dios.
2. Acepta las distracciones sin pelearte. Vendrán pensamientos, es inevitable. En lugar de enfadarte, cuando notes que tu mente se ha ido, vuelve con suavidad a tu palabra de oración o a tu respiración. Cada regreso amable es un acto de amor, no un fracaso.
3. Acepta el silencio de Dios. Habrá días en que no sientas nada. La meditación cristiana no se mide por las emociones, sino por la fidelidad. Quedarte ahí, en aparente vacío, es decirle a Dios: “Me quedo contigo aunque no te sienta”. Pocas oraciones son tan valiosas.
El fruto de meditar aceptando
Cuando meditamos desde la aceptación, algo cambia poco a poco: dejamos de luchar contra la realidad y empezamos a habitarla con Dios dentro. La persona que acepta sus distracciones en la oración aprende, sin darse cuenta, a aceptar los imprevistos del día. La que acepta el silencio de Dios aprende a confiar en las esperas de la vida. La meditación se convierte así en una pequeña escuela de abandono confiado.
No necesitas más que cinco o diez minutos al día, un lugar tranquilo y esta disposición del corazón: acepto este rato tal como venga, porque Tú estás en él.
Mi propuesta para esta semana: cada día, antes de meditar, repite esta frase: “Señor, acepto este momento tal como es, y me acepto a mí tal como estoy”. ¿Te animas a probarlo y ver qué cambia en tu oración?






