En la meditación cristiana no es lo mismo relajarse que abandonarse. A veces usamos ambas palabras como si fueran sinónimos, pero describen experiencias distintas.
Relajarse es algo corporal. Los hombros bajan, la respiración se amplía, el rostro pierde tensión. Puede ser un efecto natural cuando nos sentamos en silencio. Es bueno y necesario en una vida exigente. Pero no es el centro de la meditación.
Hay días en que el cuerpo no se relaja. La mente está inquieta, el pecho apretado, el cansancio presente. Si creemos que meditar es relajarse, esos días parecerán un fracaso. Sin embargo, pueden ser profundamente fecundos.
Abandonarse es un acto interior. Es dejar de controlar la experiencia. Es repetir el mantra sin exigir resultados. Es permanecer aunque no haya consuelo. En la tradición de la World Community for Christian Meditation, siguiendo la enseñanza de John Main, la fidelidad sencilla al mantra es más importante que cualquier sensación.
La relajación mira al bienestar. El abandono mira a la confianza. Una puede aparecer como fruto secundario; el otro es el corazón de la oración.
La pregunta no es si hoy me he sentido más tranquila. La pregunta es si he estado dispuesta a no controlar por mí misma durante esos minutos de silencio. Ahí comienza el verdadero camino.
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