Hay momentos, mientras meditamos, en los que nos damos cuenta de que estamos demasiado pendientes de nosotras mismas. No tanto del pensamiento o de la distracción, sino de esa voz sutil que observa: “¿Estoy meditando bien?”, “¿Ahora estoy en silencio?”, “¿Siento algo?”. Es como si el “yo que medita” nunca se fuera del todo.
Este estado de autoobservación puede parecer espiritual, pero a menudo nos mantiene encerradas en nosotras mismas, en una especie de círculo sutil de control. Entonces la meditación deja de ser relación para convertirse en esfuerzo, técnica o incluso rendimiento.
Pero la verdad es que no podemos hacer desaparecer esa conciencia del yo por voluntad propia. No se trata de forzar nada, ni de luchar contra la mente. Es una gracia. Lo que sí podemos hacer es dejar de ponernos en el centro y abrir el espacio interior para que Dios pueda estar, sin obstáculos.
Por eso, cuando te des cuenta de que te estás observando, que te vigilas o que te juzgas… no luches contra ello. No te asustes. No lo analices. Solo vuelve suavemente a tu mantra, no como una técnica para “volver a concentrarte”, sino como un acto de abandono. Como si dijeras: “No necesito controlarme. Solo quiero estar”.
Dejar de observarnos para entrar en el silencio
Puedes comenzar la meditación con una pequeña oración interior:
“Señor, no vengo a pensar en Ti, ni a pensar en mí.
Vengo a estar, a dejarme ser en Ti.
Que no me vea a mí… que te deje ser en mí.”
Y si te das cuenta de que vuelves a buscarte, repítelo con confianza. Una y otra vez, como quien vuelve a casa. Hasta que, poco a poco, la conciencia del “yo que medita” se va disolviendo, y solo queda la Presencia.
No se puede explicar ni retener. Solo vivir.
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Si conoces a alguien a quien le cuesta dejar de observarse o controlarse mientras medita, puedes compartirle esta reflexión.







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